La Encuesta sobre el uso de drogas en enseñanzas secundarias en España, llevada a cabo por el Ministerio de Sanidad desde 1994, indica un aumento en el consumo de ansiolíticos y somníferos entre los adolescentes. Aunque la mitad de los que los han tomado alguna vez dispone de prescripción médica, llama la atención que el 50 % restante lo haga sin la mediación de un profesional sanitario, ignorando los riesgos para la salud que conllevan estos fármacos.

Los síntomas más inmediatos de dichas sustancias incluyen mala coordinación, confusión y una deficiente pronunciación de las palabras, como si estas se arrastraran al hablar. Así lo detallan Gerald F. O’Malley, director de Toxicología del Grand Strand Regional Medical Center, en Carolina del Sur, Estados Unidos, y la médico de urgencias Rika O’Malley en esta publicación para Manual MSD.

Cuando se combinan con la ingesta de alcohol —advierten— los efectos se potencian. Además, este hecho hace más vulnerables a quienes los toman ante las depresiones y las situaciones de ansiedad repentina. Del mismo modo, a edades avanzadas las consecuencias pueden ser más graves e incluir mareos, desorientación, delirio y pérdida del equilibrio, lo que genera también la amenaza de sufrir daños tras caerse.

 Existe también un posible impacto a largo plazo que engloba problemas de memoria, discernimiento erróneo, momentos de pérdida de atención y cambios bruscos del estado anímico. La ralentización en el habla, las dificultades para pensar y para comprender a los demás y los movimientos oculares involuntarios son otros de los posibles riesgos de mantener un consumo continuado de ansiolíticos y somníferos.

En los escenarios más extremos pueden producirse, asimismo, sobredosis. Comúnmente, se caracterizan por cuadros de estupor, término que en medicina se refiere a un estado de inconsciencia parcial en el que disminuye la actividad de las funciones mentales y físicas, lo que dificulta la capacidad de respuesta a los estímulos. Paralelamente y por lo general, se acompañan por una respiración muy lenta y superficial y, en algunas ocasiones, podrían aparecer complicaciones que desembocasen en el fallecimiento.

La dificultad al dejar de consumir ansiolíticos y somníferos, un problema añadido

Otro fenómeno preocupante se da cuando una persona acostumbrada a tomar estos fármacos intenta dejarlos. En ese momento, la intensidad del síndrome de abstinencia, que suele desencadenarse entre 12 y 24 horas después, variará en función de la modalidad de medicamento que se haya venido consumiendo.

Abstinencia leve

Quienes ingieren benzodiazepinas de un modo continuado pueden experimentar los siguientes síntomas leves al interrumpir esa dinámica:

  • Ansiedad y nerviosismo a la hora de acostarse.
  • Mala calidad del descanso.
  • Sueños perturbadores.
  • Irritabilidad al despertar.
  • Los síntomas más graves de la abstinencia de benzodiazepinas consisten en ritmo cardíaco rápido, respiración agitada, confusión y, a veces, convulsiones

Una tendencia en alza entre los adolescentes

Teniendo en cuenta las serias amenazas que albergan, resulta preocupante contemplar cómo está aumentando el consumo de ansiolíticos y somníferos entre los adolescentes. Según el mencionado informe oficial, actualmente representan la cuarta droga más utilizada por los estudiantes con edades entre los 14 y los 18 años, que suelen probarlos por primera vez a los 14,1 años de media.

Una etapa demasiado temprana para iniciarse en la toma de este tipo de fármacos. Y es algo que ya ha hecho casi un 20 % de los encuestados, la mitad de ellos sin receta de por medio. Observando las tres series de datos que indican la evolución en la popularidad de cada estupefaciente, se confirma el temido incremento registrado en esta categoría:

  • Alguna vez en la vida: 19,6 % con receta y 10,3 % sin receta, frente al respectivo 18,4 % y 8,6 % de 2019.
  • Los últimos 12 meses: 13,6 % y 7,2 %, frente al 12,5 % y al 6,1 % de 2019.
  • El último mes: 7,5 % y 3,6 %, frente al 6,4 % y al 2,9 % de 2019.

Curiosamente, y al igual que ocurre con otras dos drogas legales, el alcohol y el tabaco, existe una mayor predisposición a estos medicamentos entre las alumnas. Los estudiantes de género masculino, en cambio, se inclinan más hacia el consumo de sustancias ilegales como el cannabis, el éxtasis o la cocaína, entre otras.

Fuente: elmundo.es

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