En el año 2020, por primera vez, los suicidios superaron a los tumores y los accidentes de tráfico como causa de muerte en la juventud española (15 a 29 años), convirtiéndose en la primera causa de defunción en esta franja de edad. 3.941 muertos por suicidio en toda España [en la población general].

Pero aún hay más: en España, los estudios realizados acerca de la prevalencia de pensamientos de suicidio en la población adolescente sitúan este fenómeno en torno al 30%, mientras que la de intentos de suicidio es del 4%, aproximadamente.

La adolescencia es un periodo de crecimiento y desarrollo, pero también puede suponer un periodo de vulnerabilidad por ser una etapa caracterizada por ciertas dificultades en la que los jóvenes deben resolver determinadas tareas evolutivas.

Además, se une un nuevo fenómeno: el uso de las nuevas tecnologías de la información que favorecen conductas de riesgo y potencian formas de comunicación rápidas y deshumanizadas, que no permiten un buen desarrollo de las habilidades sociales ni de las competencias emocionales básicas que necesitamos para resolver los inevitables envites de la vida.

El ritmo frenético de las redes sociales hace que permanecer a solas, sin nada más que hacer que pensar, resulte casi insoportable para nuestros jóvenes. La intolerancia a la frustración y la incapacidad para demorar los reforzadores es uno de los grandes males de esta generación de niños, niñas y adolescentes que, lejos de ser inofensiva, tiene importantes implicaciones en su salud mental y en la impulsividad de sus acciones. No solo cambia su manera de comunicarse sino también su forma de “ser-en el-mundo”.

Por todo ello, la comunidad debe estar especialmente alerta a las “señales de alarma”, que comprenden la comunicación verbal y no verbal adolescente, así como cambios en su comportamiento o en el rendimiento escolar, aislamiento, acoso escolar, consumo de drogas, interés repentino por la muerte (más allá de los conflictos existenciales “normales”), comentarios del tipo “la vida no tiene sentido”, “no encajo en ningún sitio”, etc. De hecho, la literatura científica ha puesto de relieve la importancia de que los adultos que forman parte de la vida de estos y estas jóvenes conozcan las posibles señales de alarma previamente señaladas para una adecuada prevención.

El abordaje de la conducta suicida durante la adolescencia es relevante por varios motivos, entre los que podemos destacar los siguientes: (1) las conductas suicidas en población infanto-juvenil han aumentado en las últimas décadas; (2) cada vez se registran más suicidios a edades más tempranas; (2) la mayoría de personas que han considerado o intentado suicidarse lo hicieron por primera vez durante su juventud, típicamente antes de los veinte años; (4) los pensamientos de suicidio y las conductas auto lesivas son predictores bien establecidos de nuevos intentos de suicido en el futuro y de problemas para el desarrollo social y emocional del joven; (5) la muerte por suicidio de un menor supone un auténtico drama familiar agravado por el estigma social; (6) y, finalmente, la mayoría de los adolescentes que intentan suicidarse comunican sus pensamientos antes de llevarlo a cabo.

En todo caso, no existe un camino único que lleve a un adolescente a intentar quitarse la vida o a realizar conductas que pongan en peligro su bienestar. Explicar las causas de este fenómeno no es fácil ya que, como en casi todos los fenómenos complejos, no hay una única respuesta. La investigación ha determinado la existencia de numerosos factores de riesgo y comportamientos de riesgo relacionados (acoso escolar, prácticas sexuales de riesgo, delincuencia, abuso de sustancias, auto-agresiones, falta de actividad física, hábitos alimentarios inadecuados, violencia familiar, etc.), aunque el tamaño del efecto de cada factor es, en general, bajo o muy limitado.

A pesar de estas dificultades, el suicidio es prevenible. Recientemente, la Organización Panamericana de la Salud ha publicado una guía para promover la salud de los adolescentes que insta a la adopción de medidas a nivel estructural, ambiental, institucional, comunitario, interpersonal e individual para prevenir la muerte por suicidio en la adolescencia. Así, al igual que en todas las conductas problemáticas de la adolescencia, tanto la familia como la intervención en los contextos educativos es algo crucial.

En cuanto al contexto familiar, los factores de riesgo familiar implicados en la conducta suicida son similares a los de otros problemas de salud mental en la infancia y la adolescencia: conflicto familiar, maltrato, desapego, ausencia de comunicación, trauma, modelos parentales inadecuados, etc. Por el contario, algunos de los factores protectores asociados a una reducción del riesgo de suicidio en la infancia y adolescencia son una alta cohesión familiar y un bajo nivel de conflictos, la presencia de habilidades de solución de problemas y estrategias de afrontamiento, actitudes y valores positivos hacia la vida, y adecuados sistemas de apoyos y recursos, entre otros. Por lo tanto, es necesario potenciar una educación basada en el amor, el respeto, lo límites y los valores, así como cultivar la existencia de propósitos y objetivos. Una mejoría en el funcionamiento familiar y en las relaciones de apego entre padres e hijos se ha asociado con un descenso en el riesgo suicida en adolescentes.

“Es esencial recordar a quien está pensando en dejar de vivir los lazos que tiene. Enlazarte a la vida es lo que te impide abandonar» sostiene el psicólogo  Francisco Villar.  

En relación con el contexto escolar, varias revisiones prestigiosas han indicado que, entre otros abordajes, los programas de prevención escolar y otro tipo de intervenciones en los contextos educativos pueden ser métodos de prevención del suicidio eficaces, aunque la evidencia científica aún es limitada. Asimismo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala otras intervenciones eficaces, tales como la formación del personal educativo en la identificación de alumnos en riesgo, las iniciativas para garantizar un entorno escolar seguro (como los programas contra el acoso escolar), el refuerzo de los vínculos con el colegio y los servicios de apoyo, la mejora de la legislación y el desarrollo de protocolos de actuación en caso de que haya algún alumno con riesgo de suicidio, así como mejorar la concienciación de los padres sobre la salud mental de sus hijos. “Hay que recordar a los profesores o cuidadores que hablar del suicidio con los jóvenes no aumentará el riesgo de suicidio, sino que los jóvenes se sentirán más capacitados para acudir a ellos en busca de apoyo cuando lo necesiten”, recuerda la OMS.

Sería muy conveniente que ambos contextos, familia y escuela, junto con la comunidad y otros agentes sociales, abordaran la gestión emocional del dolor, la frustración, la ética, los valores personales, las crisis de las diferentes etapas de la vida, la visión romántica de la muerte, la idealización del amor romántico, etc.

Los adolescentes que piensan en suicidarse están asustados, ambivalentes hacia la vida, y necesitan tener la ocasión de encontrar un espacio seguro para hablar de esos pensamientos que les acosan. Y los adultos, desde las instituciones o a título personal, no podemos (ni debemos) mirar hacia otro lado.

 Fuente: copmadrid.org

 

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