La microbiota intestinal es el conjunto de bacterias que residen en nuestro cuerpo, estos microorganismos participan en la regulación de varias funciones como la activación del sistema inmune, la liberación neuroendocrina o la comunicación entre el sistema nervioso central, el sistema nervioso autónomo y el sistema entérico (controla las funciones gastrointestinales). Recientemente, se ha investigado que, además de las funciones descritas anteriormente, la microbiota juega un papel esencial en el desarrollo temprano del cerebro regulando el crecimiento y maduración de la amígdala (controla el procesamiento y almacenamiento de las reacciones emocionales), el hipocampo (encargado de las memorias espacial y episódica y de la modulación emocional) y la corteza prefrontal (crucial en la flexibilidad cognitiva, el control inhibitorio y la regulación emocional). Por lo tanto, existe una ruta bidireccional de comunicación entre el cerebro y el intestino que afecta a la cognición, las emociones y la conducta denominada eje microbiota-intestino-cerebro.

El intestino posee una capa protectora conocida como barrera gastrointestinal que tiene dos funciones principales: la absorción de nutrientes y agua del lumen intestinal y la reducción del paso de componentes tóxicos al intestino. La rotura o modificación de esta barrera, debido a por ejemplo, un alto estrés mantenido en el tiempo, el consumo de drogas como el alcohol o una mala alimentación; genera un déficit de sus funciones permitiendo el paso de bacterias perjudiciales y sus productos (como la endotoxina lipopolisacárido (LPS)) a la sangre desarrollando así un intestino permeable. Esta alteración impide la eliminación del LPS en el hígado y posibilita el paso del mismo a la circulación sistémica, activando el sistema inmune y favoreciendo una respuesta inflamatoria en el individuo. Esta inflamación afecta al sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) causando una neuroinflamación crónica que conduce a trastornos como la depresión, la ansiedad o las adicciones.

Pongamos por ejemplo el alcohol, ya sea un consumo agudo o crónico, el abuso del mismo genera cambios en el intestino, permitiendo el desarrollo de una inflamación intestinal. Esta inflamación aumenta la permeabilidad de la barrera gastrointestinal permitiendo la entrada de microorganismos que generan cambios en la composición de la microbiota (aumentando las bacterias perjudiciales y disminuyendo las beneficiosas) creando un estado de disbiosis (alteración de la microbiota normal). Asimismo el consumo de alcohol afecta al sistema inmunitario produciendo una neuroinflamación o lesión cerebral, pero a su vez, el sistema inmunitario participa en el comportamiento de búsqueda del alcohol.

Este proceso se acaba convirtiendo en un círculo vicioso, dado que el consumo de alcohol daña la barrera gastrointestinal permitiendo la entrada de bacterias perjudiciales a la sangre que traspasan la barrera hematoencefálica hasta el cerebro donde se produce una neuroinflamación, dañándose regiones como la corteza prefrontal encargada de la regulación emocional, favoreciendo estados emocionales desagradables como la ansiedad y la depresión; estos estados, a su vez, facilitan que la persona consuma más alcohol.

Irene Velasco Pérez

Psicóloga

Fuente:  Microbiota and Alcohol Use Disorder: Are Psychobiotics a Novel Therapeutic Strategy. Rodriguez-Gonzalez, A., & Orio, L.

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