Los juegos de azar son aquellos en los que no influye la destreza o habilidad del jugador, sino que las pérdidas o ganancias dependen exclusivamente del azar. Entre los más conocidos se encuentran las tragaperras, la lotería, el bingo, los juegos de los casino como el poker, blackjack, ruleta, entre otros. Durante los últimos años, la salas de juego físicas y online se han incrementado de forma asombrosa llegando a todas las edades y sexos, influyendo así en el aumento de los trastornos por juego de azar.

El juego patológico, comúnmente llamado ludopatía, ha sido incluido como una adicción comportamental en el Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) y cuyos criterios se asemejan a los encontrados en las adicciones con sustancia (alcohol, tabaco, cocaína, heroína, cannabis, etc). Algunos de estos criterios son: la pérdida total de control sobre la conducta y dependencia emocional al juego; interferencias con el entorno ya que el juego ocupa toda la atención y tiempo del individuo se descuida la familia, el trabajo, los amigos o su propio bienestar físico y psicológico; mentiras frecuentes sobre dónde se encuentra, el dinero invertido o deudas; su retirada abrupta produce un síndrome de abstinencia caracterizado por irritabilidad o agresividad; finalmente el jugador presenta algunos sesgos o distorsiones cognitivas como: negación o minimización del problema, ilusión de control, evaluación sesgada de los resultados otorgando mayor importancia a las ganancias que a las pérdidas, suerte como responsable de los resultados, etc. A menudo se ha estudiado su asociación (o comorbilidad) con otros trastornos psicológicos encontrando que la depresión y la adicción (en concreto al alcohol) son los que más frecuentemente se observan en los jugadores.

En este caso nos centraremos en aquellos aspectos que comparten la adicción al alcohol y el juego patológico. Durante los primeros momentos el alcohol genera un refuerzo positivo a la conducta de consumo dado que sólo aporta consecuencias positivas como pueden ser desinhibición, euforia o relajación. A medida que el consumo aumenta y se hace de forma frecuente se produce tolerancia donde necesito más cantidad de alcohol para obtener los mismos efectos, asimismo las consecuencias negativas se van haciendo cada vez más notables y se llega a una fase en la cual no consumo porque me guste, sino para evitar el malestar asociado a no consumir. Algo similar sucede en la adicción a los juegos de azar, las primeras veces que apuesto o echo una moneda en la tragaperras, y gano, se está generando un refuerzo positivo y, al mismo tiempo, una distorsión cognitiva dado que si vuelvo a ganar creeré que tengo la suerte de mi lado o que yo controlo el juego cuando no es así. En ambos casos, desde los primeros consumos o las primeras partidas, se desarrollan cambios cerebrales relacionados con el placer y se liberan sustancias que incrementan el mismo favoreciendo que se siga consumiendo a pesar del malestar físico o jugando a pesar de las pérdidas.

Además, el alcohol y el juego patológico actúan como refuerzo secundario el uno del otro. Un refuerzo secundario es aquel refuerzo que se ha asociado a un estímulo neutro por aprendizaje. Pongamos un ejemplo, yo voy a un bar a tomar una cerveza y es frecuente encontrar una máquina tragaperras en el local, si cada vez que voy al bar, me tomo una cerveza y echo unas monedas en la máquina se producen unas conexiones en mi cerebro que asocian esos dos estímulos condicionándolos y convirtiéndolos en un hábito.

A pesar de que en la adicción al alcohol se ingiere una sustancia y en la adicción al juego de azar la genera una conducta, ambas comparten muchos criterios diagnósticos y cambios cerebrales, favoreciendo la comorbilidad entre ambas.

Fuente: Impact of alcohol consumption on clinical aspects of gambling disorder. International Journal of Mental
Health Nursing

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